El peso de la masa: Entre el bolsillo y el discurso
Por: Rafael Escobar
Apuntes de un Testigo…
La escena es cotidiana, casi ritual. Muy temprano, en cualquier tortillería de Boca del Río o Veracruz, el sonido de la máquina marca el inicio del día. Pero hoy, 15 de abril, hay algo distinto. No es el calor del comal ni el olor del maíz. Es el murmullo. Es la pausa incómoda frente al letrero: 30 pesos el kilo.
Para algunos, podrán ser “unos centavos más”. Para muchas familias veracruzanas, es otra grieta en una economía que ya venía resquebrajada.
Porque la tortilla no se discute. Se compra. Se necesita. Se consume todos los días.
Y cuando sube… todo duele.
Lo que ocurre en la zona conurbada Veracruz–Boca del Río–Medellín no es menor. Mientras el promedio nacional ronda los $24.18 por kilo, aquí alcanzamos los $30.00. Una diferencia que no solo es numérica: es estructural.
¿Por qué somos más caros que el centro del país?
La respuesta no es simple, pero sí reveladora. Los molineros hablan de un rezago acumulado de hasta tres años. No es solo el maíz. Es el gas, las refacciones, el papel grado alimenticio, la operación diaria que ha ido subiendo en silencio mientras el precio al público se mantenía artificialmente contenido.
Hoy, dicen, ese margen se agotó.
Y entonces vino el ajuste.
Pero el problema no termina ahí. Dentro del propio estado, la desigualdad es evidente. En Xalapa, el kilo aún se resiste en los 20 pesos. En cambio, en el sur y en el puerto, la inflación parece correr sin freno.
No hablamos de un mercado uniforme. Hablamos de una brecha regional que exhibe, otra vez, que en México el costo de vivir depende —y mucho— del código postal.
Y entonces aparece la política.
Desde el centro, el discurso es claro: “no hay condiciones que justifiquen el alza”, dice Profeco. La Sader refuerza la narrativa. Se sugiere, incluso, que hay abusos.
Pero en tierra, la realidad cuenta otra historia.
El propio Consejo Nacional de la Tortilla reconoce incrementos de hasta 4 pesos por kilo. Los costos existen. Los negocios los resienten. Y el consumidor… los paga.
Aquí es donde surge la tensión.
¿Habrá operativos reales en las colonias de Veracruz? ¿Se verificará precio por precio, tortillería por tortillería? ¿O todo quedará, como tantas veces, en el terreno cómodo del discurso?
Porque hay algo que ningún gobierno puede ignorar: la tortilla tiene memoria política.
Cuando sube, se siente.
Cuando se encarece, se reclama.
Y cuando se vuelve inaccesible, se castiga.
En municipios como Boca del Río, donde las administraciones han apostado por mejorar servicios, infraestructura y calidad de vida, estos factores externos golpean directamente donde más importa: en la mesa del ciudadano.
Porque de poco sirve una calle bien pavimentada si la canasta básica se desborda.
De poco sirve el discurso si el gasto diario no alcanza.
La tortilla no es solo un producto.
Es identidad. Es cultura. Es sustento.
Pero, sobre todo, es un termómetro social.
Y cuando ese termómetro marca 30 pesos el kilo, la conversación deja de ser económica… y empieza a ser profundamente humana.
Porque entonces ya no hablamos de inflación.
Hablamos de resistencia.
Hablamos de supervivencia.

