El gabinete en movimiento: la reconfiguración silenciosa del poder

Por: Rafael Escobar
Apuntes de un Testigo…

En política, los cambios de gabinete nunca son administrativos: son mensajes. A veces sutiles, a veces contundentes. Pero siempre reveladores.

A un año y medio de gobierno, Claudia Sheinbaum ha comenzado a mover las piezas con una intensidad que ya no admite lecturas inocentes. Lo que al inicio parecía continuidad —una transición tersa desde el obradorismo— hoy empieza a perfilarse como algo distinto: una reconfiguración del poder en tiempo real.

Los movimientos ya confirmados no son menores. La salida de Rogelio Ramírez de la O de Hacienda en 2025 marcó el primer quiebre técnico de fondo. No era cualquier funcionario: era uno de los últimos puentes directos con el diseño económico de López Obrador. Su relevo por Edgar Amador Zamora no solo fue continuidad operativa, fue también el inicio de una nueva etapa con sello propio.

Más delicado aún fue el ajuste en el eje jurídico del Estado. La salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República y su traslado a una embajada —en un movimiento cuidadosamente negociado— abrió la puerta para que Ernestina Godoy asumiera el control de la FGR. No es un cambio menor: es el reposicionamiento de una figura clave del círculo político de Sheinbaum en una institución que define el pulso de la justicia en el país.

Y como si se tratara de un tablero que se reacomoda por capas, la Consejería Jurídica también entró en movimiento. La reciente invitación a Luisa María Alcalde para ocupar esa posición, tras la salida de Esthela Damián rumbo a una aspiración electoral, confirma que el rediseño no es improvisado: es estratégico.

En política exterior, la renuncia de Juan Ramón de la Fuente en abril de 2026 —en medio de un entorno internacional particularmente tenso— y la llegada de Roberto Velasco reflejan otro patrón: la apuesta por perfiles de operación más que de prestigio. Menos academia, más control político.

Pero quizá el dato más revelador no está en lo que ya ocurrió, sino en lo que está por venir.

Gobernación, Educación, Energía, Bienestar… ninguna de las piezas clave parece estar completamente fija. Rosa Icela Rodríguez se mueve en la ambigüedad, Mario Delgado aparece en la antesala de un relevo y la CFE enfrenta cuestionamientos internos que anticipan cambios. Al mismo tiempo, la posible salida de Ariadna Montiel hacia la dirigencia de Morena abriría otro frente en el gabinete social.

¿Casualidad? Difícil sostenerlo.

La lógica detrás de este reacomodo parece clara: 2026 es el año de ajuste fino. Sheinbaum necesita un equipo más alineado, más eficiente y, sobre todo, más suyo. Porque gobernar con herencias políticas tiene un límite, y ese límite suele aparecer cuando el calendario electoral se acerca.

Y ese calendario ya está aquí.

La regla impuesta desde Palacio Nacional es simple y contundente: quien aspire a un cargo en 2027, debe dejar el gobierno. Sin matices. Sin dobles juegos. Esa decisión, que en apariencia fortalece la ética pública, en realidad está detonando una ola de definiciones anticipadas. Secretarios que no solo administran… también calculan.

Ahí está el verdadero fondo del asunto.

No estamos viendo simples cambios de gabinete. Estamos presenciando la transición hacia la “segunda etapa” del gobierno de Sheinbaum: un gabinete más compacto, más disciplinado y menos condicionado por los equilibrios heredados.

Un gabinete que, en pocas palabras, deje de ser de transición… y empiece a ser de control.

Porque en política, el poder no se comparte: se ejerce.

Y hoy, en silencio, pieza por pieza, ese ejercicio ya comenzó.