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Isael Petronio Cantú Nájera

Isael Petronio Cantú Nájera (2)

Isael  Cantú

 

La conseja popular pareciera un dosis concentrada de atención psicoanalítica; a veces pareciera que hurga en el inconsciente colectivo de las masas y expusiera en toda la crudeza lo que son: ¡viles humanos condenados a caer siempre en los infiernos por pecadores y criminales!

Pero no es así, las masas no tienen inconsciente por que simplemente son una abstracción; un ente creado por la mente humana para representar la suma de conductas, de los que si tienen, inconsciente: el ser humano individual, de carne y hueso, músculos y sistema nervioso central.

La frase es la respuesta relativa (axiológicamente hablando) a la certeza que exige una norma; cualquiera, puede ser jurídica, moral o ética, cuando ésta (la norma) es imperativa y no deja lugar a dudas, se puede enunciar: ¡No desearás a la mujer de tu prójimo! U otra en sentido positivo: Comete el delito de homicidio quien priva de la vida a otro o más suave y de etiqueta: ¡no comas con la boca abierta!

Aplicable a todos los entes éticos y de razón, la norma pone un piso parejo que norma la conducta, estará en las condiciones y circunstancias en que actúa el agente para que se cumpla o se incumpla y, a partir de ahí, se construya la figura “relativista” de que estando en el mismo piso, parejo y al parecer enjabonado, las posibilidades son dos: resbalar o caer.

Pero esto es inherente, de manera más objetiva, a la cultura que crea esos principios éticos, morales y jurídicos y sobre todo a aquella que se ha construido sobre la falibilidad humana, basada en que se nace y se vive pecador; y no a la virtud humana que se levanta por encima de otras especies y es capaz de concebirse como un ser ético y lleno de razón. El judeocristianismo y su fundamento axiológico de las indulgencia o más genéricamente el “perdón de los pecados” vino a construir un “espíritu” hipócrita y proclive a la corrupción; no en balde, Martín Lutero el 31 de octubre de 1517 clavó sus 95 tesis en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, condenando el sistema de indulgencias, la avaricia y el paganismo.

Así, los grandes criminales, desde reyes hasta plebeyos, acudieron a la iglesia y a pesar de haber resbalado y caído, tanto en lo moral como en lo criminal; por módicas monedas de oro, recibían la “indulgencia” y volvían al mundo a delinquir.

¿Sobrevive el sistema eclesial en la sociedad civil moderna? ¿Los símbolos y los mitos creados sobre ese sistema penetran y colonizan al sistema laico?: lamentablemente sí y actualmente se encuentra en lo más bajo de la crisis civilizatoria que padecemos: con el sermón del cristo, los curas “presionan, convencen, educan” a los infantes, niños y niñas, para fornicarlos… obviamente en el campo de lo laico, se repite la enseñanza con menor pudor y moral.

Pero todo eso es una brutal engañifa que las clases hegemónicas elaboran como “ideología” y la desparraman en el entramado social, para de esa manera, “justificar” su brutal expolio sobre las clases explotadas… lo peor, es el explotado que se asume como vocero, predicador o pedagogo y repite enajenadamente el pensamiento burgués decadente y de dominio y los ejemplos están a la vista: Juan roba (cae) porque se ha robado una bicicleta de dos mil pesos; Duarte roba (cae) millones de pesos y si bien ambos viven su proceso en la cárcel; los resultados de

sus actos no son por nada equiparables y su manifestación en la vida cotidiana menos: sus familias vivirán infiernos diferentes. Y así por el estilo y mil cuentos y ejemplos más de cómo la ideología de la clase hegemónica hace hablar, como los ventrílocuos a sus muñecos de trapo y de madera, a los “teóricos orgánicos” del sistema.

No todos están alienados ni enajenados; una buena parte de la población se da cuenta de que el piso no es parejo y que andando con la cautela que da la consciencia de un “código ético de justicia y probidad”: ni se cae, ni se resbala en el piso de la corrupción burguesa y neoliberal creada en el presidencialismo autoritario y consolidada por sendos partidos como son el PRI, el PAN y los restos del PRD… los otros partidos son peores que títeres.

Sintomático es que alguien se levante desde el púlpito y con señal admonitoria, haga retumbar las derruidas paredes de su castillo de la pureza, diciendo frente al pecador: ¡El que no cae, resbala! Y es fácil desentrañar ese furor de los conversos; pues lo dice desde el piso, donde su alma pecadora se revuelca o desde el giro acrobático de quien en el resbalón se le torció su corruptible ánima.

La corrupción es, sin duda, la destrucción del Estado de Derecho; la deseducación sobre la norma jurídica y el permiso cultural de robarse los bienes públicos; de usar de manera indebida el cargo público, de abusar del poder, de traicionar la voluntad popular y eso, no es nada divino, sino: ético y político.

Lo que hasta hoy hemos visto es el montaje de un sistema esencialmente corrupto; donde los “servidores públicos” perforaron el Estado de Derecho y a expensas de esa abstracción que es el pueblo: se aprovecharon de él y se volvieron; riquillos y ricotes.

Afortunadamente, los procesos históricos, que a algunos les gustaría que fueran eternos bajo la voluntad de su dios de la corrupción, son simplemente temporales y así como se construye una cultura de la corrupción, de resbalones y caídas, se está construyendo una de respeto a ley y paso firme, que sin importar lo chipotudo del terreno nos está llevando a la creación de un nuevo Estado Social y Democrático de Derecho.

Ni se cae, ni se resbala y quien lo haga en el sentido de delinquir, tendrá que pagarle a la sociedad con pena privativa de la libertad y además resarcir y devolver los bienes robados a la población… seguro que aprenderá a caminar con paso firme. “Hic rhodus, hic salta”.

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Algo
deben de tener los toros que el propio Zeus, los tomó como su avatar y de esa forma sedujo a Europa, quien al ver al bello y albo animal se montó en él y este, metiéndose al mar la llevó a Creta, donde juntos procrearon tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón.

Los
Toros están ahí y se reconoce que los de lidia empezaron a ser seleccionados por su trapío en la época de los Reyes Católicos (Siglo XV y XVI),
seguramente con la Colonia este tipo de toros llegó a América y con ellos las fiestas bravas.

Enfrentarse
al toro de lidia, cuya mole de más de 600 kilos puede machacar seriamente a cualquier animal, se vuelve mortal cuando sus cuernos, como afiladas lanzas, atraviesan como budín la carne del humano o de otro toro. La bravura y el constante ataque ante cualquier
movimiento hace del toro un animal digno de ser enfrentado con todo tipo de suertes.

Xico
(Nido de Jicotes), municipio de las Altas Montañas, está en las estribaciones del Cofre de Perote, muy cerca de Xalapa, la capital de Veracruz. En ese municipio sus fiestas patronales dedicadas a Santa María Magdalena en el mes de julio, tiene un atractivo
pagano que se ha consolidado como el centro de sus festejos: La Xiqueñada.

El
22 de julio, en medio de la fiesta religiosa, la calle principal del pueblo, que asciende levemente hasta topar con el atrio de la antigua iglesia, se entabla desde la noche anterior con el fin de contener a los toros de lidia que se sueltan para que la gente
los pueda “torear”.

No
solo el entablado ocupa a los vecinos, también la fabricación de gradas construidas con todo tipo de material y que ponen en renta el mero día de la suelta de toros.

Así,
la gente, que desde temprano llega, puede tener un lugar afortunado para mirar a los osados toreros que más que torear, corren despavoridos ante la arremetida de la bestia.

La
suelta se hace a las doce del día en punto, justo cuando un cohete lanzado desde la iglesia da el sonoro arranque; antes de eso, la gente de todas las edades y de varios estados de la república se arremolina en la calle principal degustando la comida local
y bebiendo los “toritos” de maracuyá, cacahuate, verde de Xico y decenas de sabores más, cuyo grado alcohólico termina haciendo sus efectos ante los rayos de un sol inclemente… Sombreros, sombrillas, gorras y todo tipo de artefacto que proteja del sol son
vendidos por cientos en los puestos callejeros y por supuesto camisetas y peluches de toros son comercializados por doquier.

Un
simple cálculo da cuenta de la importancia de la feria y de la Xiqueñada para las economías locales: el promedio de gente que llega a la fiesta está en el orden de los 15 mil visitantes y el gasto por persona nunca es menor a 150 pesos; lo que arroja una derrama
de uno dos millones doscientos cincuenta mil pesos diarios para la población.

Desde
hace un par de años, un fuerte movimiento animalista ha estado presionando al gobierno local y federal para que la Xiqueñada no se realice, argumentando la crueldad con la que se trata a los toros… pero al ver la cara de niños, de mujeres, de hombres, de gente
de todas las edades y estratos sociales, ninguno manifiesta sentimientos de crueldad, por el contrario están expectantes de lo que vaya a acontecer; seguramente, como sucede con muchos competencias y suertes, la gente está ansiosa por ver salir los toros y
corroborar que alguién puede lidiarlos o en caso contrario ser corneado por el toro. Espera saber quién gana: si el toro o el hombre.

Los
toros en esta ocasión fueron traídos de Michoacán, según me comentó don Sergio Estrada, quien es el coordinador de las fiestas en Huamantla, Tlaxcala, donde la “Huamantlada” y la ganadería de toros bravos está “blindada por ley”; donde el gobierno local y
federal reconocen la importancia cultural y económica de la fiesta brava; que es lo que el gobierno de Veracruz debería de hacer, comentó, mientras apretaba fuertemente su capote que utilizará unos minutos más adelante.

Por
su parte, el despliegue del grupo organizado cuyo membrete era Pro-Toro, empezaba a sacar a la gente de la rúa, indicando que pasara a las gradas; por los altavoces se escuchaba la explicación de la fiesta y se pedía al público el respeto al reglamento, solicitando
que los borrachos salieran de la calle principal y se abstuvieran de participar, mientras tanto el grupo organizador, empezaba a inscribir a los participantes, asegurándose que no estuvieran alcoholizados y dándoles una camiseta blanca con número que los identificaba
plenamente.

Tronó
a lo lejos el cohete, en las metálicas cajas, donde a cada rato se oían las coces de los astados, los hombres empezaron a levantar la puerta de guillotina y ahí estaba: fuerte, tensos los músculos, la saliva colgando de su labios y enfurecido ante el ruido,
los aplausos, los silbidos y los mil objetos que frente a su vista se movían sin ton ni son.

Los
toros no ven los colores como nosotros, tienen deuteranopia,
y no ven el verde ni el rojo, por lo tanto el toro no sigue los colores: ¡Si no al movimiento!

¡Ahí
está el toro!- gritó la gente y el toro se echó al ataque contra todo lo que se moviera en su horizonte; los jóvenes, en su mayoría, estaban agarrados de los bordes del entablado prestos a subir y salirse de la embestida del toro. Un niño, apenas ocho años,
que estaba delante de mí con su madre, vio al toro y se estremeció tanto ante la bravura del animal que se tapó los ojos y se agachó para que no lo viera, su madre lo abrazó y alcanzó a decirle: ¡No pasa nada, asi son los toros bravos!

Nadie
toreó a toro alguno, solo huían y trepaban cualquier cosa que los pusiera a salvo de los pitones y del empuje de una animal cuyo peso ronda la media tonelada. Los toros iban y venían si poder coger a ningún cristiano y entre el sol y la algarabía el cansancio
les fue llegando…

Un
joven más que torear jalaba con el capote, de color rosa desleído, la atención de los toros y por breves segundos mantenía su atención; luego, él mismo se salía de la línea de embestida para retirarse prudentemente del animal embravecido… la gente en el graderío,
si es que puede llamársele graderío a las estructuras improvisadas para el momento, rugía como en lo mejores cosos y como si el mismo Manolete estuviera realizando una arriesgada y ceñida Chicuelina o una gran y pausada Verónica con el toro pegado al cuerpo
del matador… ¡Olé, olé, olé!

Ningún
daño al astado, solo cansancio ante tanta gente corriendo y él subiendo y bajando intentando empitonar a algún desprevenido, pero no pudo, le habían alejado a los borrachos y los jóvenes que se apuntaron para lidiarlo, no tuvieron los nervios de acero ni el
fuerte corazón para sentir la punto negra pasar a unos cuantos centímetros de su piel, como si de una daga de obsidiana se tratara… ¡Torero, torero, torero!

Luego
la arriada, la lazada, el volverlos a los contenedores de dónde habían salido para regresar a los campos, allá en las tierras del Bajío, donde seguramente seguirán su vida de toros bravos.

La
gente, toda, mujeres y hombres, niños y adultos estaban felices. Tal vez, uno que otro insatisfecho que no logró ver sangre de ninguna parte, ni del toro ni de los humanos, puro divertimento y la necesaria adrenalina que fluye tensando el cuerpo ante cualquier
competencia que rompe con la monotonía de la vida cotidiana.

Se
acuerdan del niño, bueno pues paulatinamente se fue metiendo en la fiesta y perdiéndole el miedo a la imponente figura, que en ocasiones estuvo a medio metro de él… de su infantil pecho empezó a gritar: ¡Toro, toro, toro! agradeciendo a los animales la corrida…
todos nos paramos e imitándolo, como si de la Gran Arena México se tratara, gritamos: ¡Toro, toro, toro!

Bajé
de las gradas y me metí al tumulto y barullo de la gente y sentí la agradable sensación de estar en una feria popular auténtica, donde el público y las autoridades actuaron coordinadamente y donde los Toros bravos, estuvieron a la altura de la fiesta.

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