El PAN se fue primero

Por Lic. Rafael Eugenio Escobar Torres

Escribo estas líneas con la frente en alto y sin rencor. He tomado la decisión de dejar el Partido Acción Nacional, y se lo debo explicar a mis lectores con la misma honestidad con la que he intentado escribir siempre esta columna: como testigo, no como militante.

He sido activista político desde mis años de estudiante. La política, para mí, nunca fue un oficio ni una nómina, sino una convicción: la de que el servicio público sólo se justifica cuando se ejerce con principios. Con esa brújula he caminado por más de dos décadas y, cuando ha sido necesario, he cambiado de domicilio partidista, pero nunca de convicciones.

Hace una década dejé el PRI y llegué a Acción Nacional. No lo hice por cálculo, sino por una promesa que entonces el panismo encarnaba: honestidad, principios y, sobre todo, participación real. Tuve el privilegio de servir en los tres niveles de gobierno, en administraciones de distinto origen, y en todas mantuve una sola regla, la única que considero innegociable: los principios por encima del beneficio personal o de grupo.

Lo que he visto dentro del PAN en los últimos años, sin embargo, me obliga a esta despedida. Acción Nacional fue abandonando, en la práctica, sus procesos democráticos internos. La democracia que predica hacia afuera dejó de vivirse hacia adentro. Las candidaturas, los espacios y las oportunidades terminaron concentrándose en los grupos cercanos al poder interno: los que nunca incomodan, los que administran padrones, los que confunden la disciplina con la sumisión. Quien no se arrodilla, simplemente no entra.

Y un partido que le cierra la puerta de la participación a sus propios militantes pierde, desde el origen, aquello que lo hacía distinto de lo que decía combatir.

Esto no es un agravio personal ni el resentimiento de una derrota. Es un diagnóstico. Cuando una dirigencia se convierte en casta y los aparatos terminan fagocitando a la militancia, el partido deja de ser un instrumento de representación para convertirse en un coto de poder. Le ocurrió al PRI. Le está ocurriendo al PAN. Y el costo no lo paga únicamente quien se va: lo paga la oposición entera, que se queda sin vehículos creíbles justo cuando más falta hacen.

Porque conviene decirlo con claridad: México necesita una oposición digna. No la necesita débil, fragmentada ni cupular; la necesita viva, abierta y conectada con la ciudadanía. Y esa oposición no se reconstruirá desde las élites que la agotaron, sino desde los espacios donde la gente todavía cree que vale la pena participar.

No reniego de mi paso por Acción Nacional. Hubo causas justas, compañeros valiosos y batallas que merecieron librarse. A todos ellos les guardo gratitud y se las expreso sin reservas. Pero la fidelidad a una sigla no puede estar por encima de la fidelidad a una idea. Y la idea que me llevó a militar —la de una política honesta, abierta y al servicio de la gente— ya no encuentra casa en el partido que un día la prometió.

Por eso me voy. No del lado de mis principios, sino precisamente para no traicionarlos. Seguiré siendo activista, seguiré creyendo en la participación ciudadana y seguiré sirviendo con la misma coherencia de siempre, desde donde la vida y la convicción me lo permitan.

A un partido se le es leal mientras es leal a sus principios. Cuando los abandona, la lealtad cambia de domicilio.

Quizá por eso el título de estas líneas no es una metáfora, sino una constatación: yo no abandoné primero al PAN; el PAN se fue primero de aquello que prometió ser.

Soy, como siempre, un testigo. Y este testimonio lo firmo con la frente en alto.

INFOVERACRUZ #ApuntesDeUnTestigo