El Salsódromo: la tregua que sobrevivió a tres partidos

Por Rafael Escobar

Hay pocas cosas en Veracruz capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno sin convertirse en campo de batalla política.

Programas que nacen con un sexenio y desaparecen con el siguiente. Obras que se inauguran más veces de las que se concluyen. Nombres que son borrados de placas, edificios y proyectos en cuanto cambia el color partidista de quien gobierna.

La salsa, curiosamente, ha sido una excepción.

Cada junio, el bulevar Vicente Fox de Boca del Río deja de ser una vialidad para convertirse en una enorme pista de baile frente al mar. Miles de personas llegan desde distintos puntos de Veracruz, del país e incluso del extranjero para compartir algo que la política rara vez consigue: un espacio común.

Lo he visto durante años. Por eso escribo.

Conviene recordar que el festival no nació con la administración actual ni pertenece a ningún partido político. Su origen se remonta a mayo de 2011, durante el gobierno de Javier Duarte, cuando se instaló por primera vez aquel gigantesco escenario conocido como el Salsódromo. Las cifras de entonces sorprendieron incluso a los organizadores: decenas de miles de personas reunidas para escuchar a figuras como El Gran Combo, Óscar D’León, Willie Colón y Gilberto Santa Rosa.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado muchas cosas.

Pasó el descrédito y la caída política de Duarte. Pasó el gobierno de Miguel Ángel Yunes. Llegó la pandemia y apagó durante dos años la música y los escenarios. Después llegaron los gobiernos de Morena.

Y, sin embargo, el festival sigue ahí.

Sobrevivió a todos.

No es un dato menor.

Porque detrás de esa permanencia existe una realidad que la política veracruzana pocas veces reconoce: hay proyectos que terminan siendo más grandes que quienes intentan apropiarse de ellos.

Hoy el Salsa Fest es financiado y promovido por el Gobierno del Estado encabezado por Rocío Nahle. Al mismo tiempo, se desarrolla en Boca del Río, el principal bastión político que conserva Acción Nacional en Veracruz y que hoy gobierna Maryjose Gamboa, la primera mujer en ocupar la alcaldía boqueña.

El gobierno estatal aporta los recursos.

El municipio aporta el territorio.

Y ambos entienden que nadie gana rompiendo lo que funciona.

En una época donde prácticamente todo se polariza, el Salsa Fest representa una especie de tregua silenciosa. Una de esas raras ocasiones en que los colores partidistas quedan en segundo plano porque el beneficio es colectivo y el costo político de destruirlo sería demasiado alto.

La realidad es que la salsa no pide credencial de elector.

Frente al escenario conviven quienes llegan en autobús desde Medellín de Bravo, quienes reservan una mesa con vista al mar, turistas, familias enteras, jóvenes y adultos mayores. La música consigue lo que muchas veces no logran los discursos: reunir a personas distintas sin exigirles que piensen igual.

Los números oficiales hablan de cientos de miles de asistentes cada año. Como toda cifra gubernamental, conviene observarla con prudencia. Pero más allá de la estadística, el fenómeno es evidente para cualquiera que haya caminado por el bulevar durante esas noches.

La convocatoria es real.

Y la derrama económica también.

Hoteles llenos, restaurantes ocupados, comercios trabajando a toda marcha y una ciudad que, por unos días, coloca su nombre en la conversación nacional e internacional.

La edición de este año, programada del 12 al 14 de junio, rendirá homenaje a la inmortal Celia Cruz y contará con agrupaciones de primer nivel. Todo apunta a que nuevamente habrá lleno total.

Pero aquí termina la celebración y comienza la reflexión.

Porque existe una diferencia importante entre organizar una gran fiesta y construir una verdadera cultura musical.

Veracruz ha logrado consolidar uno de los festivales de salsa más grandes del continente. Lo que aún no ha conseguido es consolidarse como una potencia salsera durante el resto del año.

Cuando se desmonta el escenario y desaparecen las vallas, la realidad vuelve a imponerse: pocos espacios permanentes para bailar salsa, escasas academias especializadas, limitadas oportunidades para agrupaciones locales y una escena cultural que sigue dependiendo más del evento anual que de una estrategia sostenida.

Importamos a las estrellas.

Montamos el espectáculo.

Contamos a la multitud.

Tomamos la fotografía.

Y después volvemos al punto de partida.

La derrama económica permanece unos días.

La fotografía política permanece algunos meses.

Pero la construcción cultural sigue siendo una asignatura pendiente.

Existe además otro problema muy mexicano: la tentación permanente de reescribir la historia.

Cada administración intenta presentar el festival como un logro propio, minimizando o ignorando el papel de quienes estuvieron antes. Es el mismo impulso que cambia nombres, elimina placas y pretende reiniciar la memoria colectiva cada seis años.

Paradójicamente, el festival que ha logrado unir a gobiernos de distintos colores sigue siendo motivo de disputa cuando llega el momento de repartir reconocimientos.

Quizá la lección sea más sencilla de lo que parece.

El Salsa Fest demuestra que sí existen proyectos capaces de trascender partidos, gobernadores y alcaldes. Demuestra que hay espacios donde la ciudadanía puede encontrarse sin necesidad de coincidir políticamente.

Y también demuestra que Veracruz necesita pensar más allá de la fiesta.

Porque un festival que ha sobrevivido al PRI, al PAN y a Morena merece algo más que convertirse en el escenario de cada administración en turno.

Merece dejar una herencia cultural permanente.

La salsa nos reúne durante tres noches.

El reto sigue siendo que ese espíritu de encuentro sobreviva las otras trescientas sesenta y dos.

Esa es la verdadera historia detrás del Salsódromo.

Y quizá también la mejor metáfora del Veracruz que todavía estamos intentando construir.