El fantasma de Cuitláhuac y la bomba que explotó en el Congreso
Apuntes de un Testigo: Democracia a destiempo…
Por: Rafael Escobar
En Veracruz hay silencios que pesan más que los discursos… y hay declaraciones que no suenan a crítica, sino a advertencia.
Lo que ocurrió este martes 28 de abril en los pasillos del Congreso del Estado no fue una simple opinión incómoda. Fue, más bien, el crujido de algo que ya venía tensándose desde hace tiempo dentro del propio movimiento guinda.
Atanasio García Durán —viejo referente de la izquierda veracruzana— soltó la bomba sin rodeos: cuestionó la falta de visión del gobierno de Rocío Nahle y, más aún, puso sobre la mesa un tema que muchos daban por superado… el origen. Dijo, con todas sus letras, que elegir a alguien no originaria de Veracruz había sido un error. Así, directo. Sin matices.
Y en Veracruz, donde la política se cocina a fuego lento pero se sirve hirviendo, esas palabras no pasan desapercibidas.
La reacción fue inmediata. Ricardo Ahued salió a cerrar filas, defendiendo resultados: carreteras, finanzas, salud. Esteban Bautista hizo lo propio desde el Congreso. Y Cuitláhuac García, rápido, desde redes, marcó distancia: que no encontrarán en él una sola declaración que demerite a quien fue electa por millones de votos.
Pero ahí es donde aparece la escena que nadie puede ignorar: el hijo desmarcándose del padre. El exgobernador corrigiendo, públicamente, al hombre que lo formó políticamente.
En política, esas cosas no son casualidad.
La pregunta no es qué se dijo. La pregunta es: ¿por qué ahora?
Porque esto no huele a arrebato. Huele a cálculo.
Hay una lectura que empieza a tomar fuerza en los círculos políticos: Atanasio no necesita que lo operen, pero tampoco habla al aire. Su inconformidad no es nueva. Se fue acumulando, sí… pero también coincide con algo más delicado: el avance de revisiones del ORFIS sobre el sexenio de Cuitláhuac García.
Se habla —cada vez con menos discreción— de presuntos desvíos, observaciones graves y posibles responsabilidades administrativas y penales en puerta.
En ese contexto, el golpe cambia de sentido.
Criticar a Nahle no sería solo una opinión política. Podría ser un movimiento preventivo.
Porque en Veracruz ya hemos visto esta película: cuando la presión sube, el ruido también.
Y entonces el deslinde del exgobernador, aunque correcto en forma, deja un eco incómodo. Si hay respeto institucional, ¿por qué el fuego viene desde tan cerca? Si hay unidad, ¿por qué el primer golpe no vino de la oposición, sino desde casa?
El silencio de Cuitláhuac durante meses fue interpretado como prudencia. Hoy empieza a parecer otra cosa: contención.
Mientras tanto, el mensaje de Atanasio también trae carga electoral: advierte desgaste, fractura y un 2027 complicado para Morena si no hay correcciones. Puede ser un argumento interesado… pero no es del todo descabellado.
Porque la política veracruzana tiene memoria.
Aquí ya vimos cómo las divisiones internas terminan costándole caro a la gente. Lo vivió el PRI cuando se desfondó desde dentro. Lo padecieron los ciudadanos cada vez que el poder se convirtió en pleito de grupo.
Hoy la historia asoma, otra vez.
No se trata de si Atanasio tiene razón o no. Se trata de algo más serio: si Morena en Veracruz tiene la capacidad de procesar sus diferencias sin convertirlas en crisis pública.
Porque cuando el pleito se sale de control, el costo nunca lo pagan los políticos.
Lo paga la calle.
Por ahora, lo único claro es esto: el pasado ya habló.
Y no vino en forma de discurso oficial… sino como fantasma.
Veremos la respuesta en pocas semanas…

