Paradoja del superpeso, prosperidad real o Espejismo Financiero

Por Rafael Escobar

En las gráficas financieras, el peso mexicano luce más fuerte que nunca. Analistas celebran su estabilidad y lo bautizan como “superpeso”, un símbolo de confianza internacional y disciplina macroeconómica. Sin embargo, lejos de los mercados bursátiles, en millones de hogares mexicanos esta fortaleza se vive como una presión silenciosa que aprieta cada vez más el gasto familiar.

México es hoy el segundo mayor receptor de remesas del mundo. Para muchas comunidades —especialmente en estados como Michoacán, Zacatecas, Oaxaca o Guerrero— esos dólares son el principal sostén económico. El problema es que con un tipo de cambio cercano a los 17.32 pesos por dólar, ese apoyo rinde cada vez menos.

Hace apenas un par de años, una familia que recibía 100 dólares obtenía alrededor de 2,000 pesos. Hoy recibe poco más de 1,730. Es una reducción directa de más del 13% en su ingreso real, sin que el trabajador migrante haya dejado de esforzarse o de enviar la misma cantidad.

A esto se suma un segundo golpe: la inflación cotidiana. Aunque el dólar barato ayuda a moderar algunos precios importados, los servicios, alimentos locales, transporte y rentas no han bajado al mismo ritmo. En términos simples: llegan menos pesos y esos pesos alcanzan para menos.

Mientras tanto, en el plano macroeconómico, el peso fuerte se sostiene sobre tasas de interés elevadas que atraen capital extranjero. Para los inversionistas es un paraíso financiero; para el ciudadano común, es crédito caro, tarjetas impagables y créditos hipotecarios asfixiantes. El beneficio de importaciones más baratas rara vez se refleja de inmediato en el bolsillo del consumidor.

Este equilibrio, además, no es natural: es administrado. El “superpeso” descansa sobre un andamio de tasas altas. Si Banxico comienza a bajarlas con fuerza para estimular la economía, el tipo de cambio podría rebotar con rapidez hacia los 19 o incluso 20 pesos por dólar. A ello se suma la incertidumbre política y cualquier fricción futura en el T-MEC, capaz de disparar volatilidad en cuestión de días.

El peso fuerte es, en realidad, una moneda de dos caras. Para el gobierno y los indicadores macroeconómicos representa estabilidad y control financiero. Para la microeconomía de millones de familias —especialmente las que dependen de remesas— significa hacer malabares cada quincena para sobrevivir.

Porque en economía, lo que es un éxito en la pizarra de la Bolsa de Valores, puede ser una crisis silenciosa en la mesa de los hogares mexicanos.

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