Tren del Istmo: una tragedia que exige verdad
Tren del Istmo: una tragedia que exige verdad
Por: Rafael Escobar
El domingo por la mañana, el Tren Interoceánico que recorre el Istmo de Tehuantepec descarriló en el Tramo Z, a la altura de la localidad de Nizanda, Oaxaca. El saldo confirmado por la Secretaría de Marina es devastador: al menos 13 personas fallecidas y 98 heridas, de las cuales 36 presentan lesiones mayores y cinco se encuentran graves. En el tren viajaban 250 personas: 241 pasajeros y 9 integrantes de la tripulación.
No fue un incidente menor. Fue un accidente ferroviario de pasajeros de alta severidad, el más grave en México en décadas. Y como ocurre siempre en este tipo de tragedias, la pregunta central no es retórica ni política: ¿qué falló y quién decidió que era seguro operar?
Un evento centinela
En la ingeniería y en la seguridad del transporte existe un concepto clave: evento centinela. Es aquel que, por su gravedad, revela una falla estructural del sistema. Los trenes no se descarrilan con este nivel de daño humano por azar ni por un solo error individual. Lo hacen cuando una cadena de decisiones técnicas, operativas e institucionales se rompe.
Que casi el 40% de los ocupantes haya resultado herido, y que más de un tercio de ellos requiera hospitalización por lesiones mayores, indica un evento de alta energía: pérdida súbita de estabilidad, desaceleración violenta, posible vuelco parcial o intrusión estructural. En términos simples: algo fundamental falló antes de que el tren llegara a Nizanda.
El balastro: la piedra que sostiene la seguridad
En las primeras horas posteriores al accidente, comenzaron a circular versiones sobre el balastro, ese material aparentemente trivial que, en realidad, es el cimiento dinámico de la vía férrea. El balastro correcto estabiliza, drena, confina la vía y mantiene la geometría. El incorrecto —insuficiente, contaminado, mal graduado o sustituido— condena al tren al descarrilamiento, tarde o temprano.
No se trata de señalar culpables sin pruebas. Se trata de entender que, técnicamente, el balastro es una hipótesis prioritaria de investigación, junto con la geometría de la vía, el drenaje y el control de velocidad. Y esas hipótesis no se desmienten con discursos, sino con documentos, bitácoras y pruebas de laboratorio.
Gobernanza: cuando la seguridad se vuelve política
El accidente del Tren del Istmo no ocurre en el vacío. Se da en el contexto de megaproyectos ejecutados con prisa, opacidad y una narrativa de éxito permanente. Cuando una obra ferroviaria se administra bajo lógicas de “seguridad nacional”, se reduce la transparencia, se debilita la supervisión independiente y se diluyen responsabilidades.
En este contexto, han surgido señalamientos periodísticos sobre supervisión politizada, vínculos con proveedores y disputas internas, particularmente en torno al suministro de insumos críticos como el balastro. Aún no existe un dictamen oficial que confirme o desmienta estas versiones. Pero hay algo que sí es incuestionable: la sola posibilidad de conflictos de interés en la supervisión de una obra ferroviaria de pasajeros es inaceptable.
En sistemas serios, quien decide proveedores no supervisa calidad; quien supervisa no autoriza operación; y quien opera no investiga su propio accidente. Cuando esas fronteras se borran, la seguridad deja de ser técnica y se vuelve narrativa.
Lo que el Estado debe demostrar
Tras una tragedia de esta magnitud, el Estado no tiene margen para la ambigüedad. Si quiere sostener que el Tren Interoceánico es seguro, debe probarlo con evidencia, no con comunicados.
En el caso específico de Nizanda, Tramo Z, debe hacerse pública —con urgencia— la información mínima indispensable:
la geometría de la vía antes del accidente; las bitácoras de mantenimiento; la trazabilidad completa del balastro utilizado (origen, volumen, ensayes); los límites de velocidad y posibles restricciones temporales; los registros de operación del tren; y la cadena de mando que firmó el “apto para operar”.
No es un acto de ataque político. Es un acto de respeto a las víctimas y de prevención para los vivos.
El costo real
La tragedia del Tren del Istmo no solo se mide en vidas humanas, que ya es el mayor de los costos. Se mide también en credibilidad institucional, en confianza ciudadana y en viabilidad estratégica. El Corredor Interoceánico aspira a ser una alternativa logística de alcance internacional. Ningún corredor es competitivo si arrastra dudas sobre su seguridad y su gobernanza.
Cierre
México necesita trenes de pasajeros. Pero no necesita trenes inaugurados a cualquier costo. Un tren moderno no es el que corta listones; es el que llega seguro a destino todos los días. Con trece muertos y decenas de heridos, el país ha recibido una advertencia brutal. Ignorarla, minimizarla o esconderla bajo la alfombra de la propaganda sería repetir la historia. Atenderla con verdad, técnica y transparencia puede —todavía— convertir la tragedia en un punto de inflexión.
Rafael Escobar
