Apuntes de un Testigo: Democracia a destiempo…

Trenes en México: modernización entre sombras

Por Rafael Escobar

Durante décadas, el tren de pasajeros fue una ausencia en la política pública mexicana. Hoy, su regreso se presenta como emblema de modernización, conectividad y desarrollo regional. El Tren Maya, el Interurbano México–Toluca y el Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT) encarnan esa narrativa. Sin embargo, bajo el discurso del progreso, comienzan a acumularse señales de alerta que no pueden ni deben ignorarse.

México mantiene un sistema ferroviario históricamente orientado a la carga. Empresas como Ferromex, KCSM y Ferrosur dominan el traslado de mercancías con trenes de hasta cien vagones, operando a velocidades promedio de entre 40 y 70 kilómetros por hora. El transporte de pasajeros, en contraste, es reciente y limitado, montado en buena medida sobre infraestructura rehabilitada, no diseñada originalmente para estándares modernos de seguridad y velocidad.

Este modelo híbrido —trenes de pasajeros sobre vías heredadas— constituye uno de los principales puntos de fragilidad del sistema actual.

El 28 de diciembre de 2025, esa fragilidad se convirtió en tragedia. En la Línea Z del Tren Interoceánico, a la altura de Nizanda, Oaxaca, un convoy con 241 pasajeros y nueve tripulantes descarriló en una curva pronunciada. Parte del tren cayó a un talud de más de seis metros. El saldo oficial fue devastador: 13 personas fallecidas, 98 lesionadas y 36 hospitalizadas, varias de ellas en estado grave.

La respuesta institucional fue inmediata. La Secretaría de Marina desplegó cientos de elementos y se activaron protocolos de emergencia. La Fiscalía General de la República inició la investigación correspondiente. Sin embargo, los primeros indicios —exceso de velocidad y posibles fallas en la vía— abrieron una pregunta incómoda: ¿fue un accidente inevitable o la consecuencia de decisiones técnicas y políticas acumuladas?

El descarrilamiento no fue un hecho aislado. Días antes, un tren del CIIT colisionó con una pipa en la ruta Coatzacoalcos–Pakal Ná. En julio, otro convoy impactó contra un tráiler en la línea FA. Aunque oficialmente se atribuyeron a imprudencia de terceros, el patrón es claro: el sistema opera bajo presión, con márgenes de seguridad estrechos.

Tras el accidente en Oaxaca, la versión oficial insistió en que la infraestructura se encontraba en “buenas condiciones”. No obstante, testimonios de pasajeros y análisis técnicos independientes comenzaron a señalar deficiencias en fijaciones mecánicas, peraltes y cambios de vía, similares a las detectadas previamente en otros proyectos ferroviarios recientes. Varios testigos coincidieron en una frase inquietante: el tren venía demasiado rápido.

A ello se suma otro elemento poco discutido: parte del material rodante utilizado no fue diseñado originalmente para servicios de pasajeros a esas velocidades, sino adaptado dentro de un esquema de rehabilitación acelerada.

El fondo del problema es político. En proyectos emblemáticos, el tren no solo transporta personas y mercancías; transporta legitimidad. Cada inauguración anticipada, cada presión por cumplir calendarios políticos antes que técnicos, incrementa el riesgo de que la modernización ferroviaria se convierta en un símbolo vacío.

Hoy, el Tren Interoceánico enfrenta su mayor crisis de confianza. Concebido como motor de desarrollo del sur-sureste y alternativa logística global, se encuentra en el centro de un debate sobre seguridad, transparencia y responsabilidad institucional.

La modernización no se mide en kilómetros inaugurados ni en discursos triunfalistas. Se mide en mantenimiento, supervisión y respeto irrestricto a la vida humana. Sin una revisión profunda de protocolos, infraestructura y decisiones de operación, el tren corre el riesgo de volver a ser, no un emblema de progreso, sino una advertencia sobre los costos de acelerar el futuro sin asegurar el presente.