La gran simulación: cuando la izquierda se viste de pueblo y gobierna como élite…
Por: Rafael Escobar
Durante décadas, América Latina fue seducida por una promesa reiterada: gobiernos que, en nombre de la izquierda, decían venir a castigar a las élites, redistribuir la riqueza y devolver la dignidad a los olvidados. El discurso era potente; la épica, irresistible. Sin embargo, tras años —y en algunos casos décadas— en el poder, el resultado es incómodo: la pobreza persiste, la desigualdad no desaparece y una nueva élite dorada gobierna desde palacios blindados, muy lejos de las mayorías que decía representar.
El discurso que seduce, la práctica que traiciona
La estrategia es conocida. Se invoca al “pueblo” mientras se concentran poderes; se denuncia a “los de arriba” mientras se construyen privilegios inmorales; se habla de austeridad mientras florecen fortunas familiares, redes de corrupción y control absoluto de las instituciones.
La izquierda histórica se legitimaba en la ética: sobriedad, transparencia, primacía de lo público. La izquierda del poder prolongado, en cambio, ha convertido la ideología en un escudo. Toda crítica es “conservadora”, toda fiscalización es “persecución”, toda denuncia es “guerra mediática”. Así, la corrupción deja de ser una desviación y se transforma en sistema.
La boliburguesía y la captura del Estado
Venezuela es el caso paradigmático. La llamada boliburguesía no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de un modelo que concentró renta, discrecionalidad y poder político. Bajo la retórica revolucionaria surgió una burguesía advenediza enriquecida con contratos estatales, control de divisas y petróleo, mientras la mayoría de la población caía en la miseria.
Pero el fenómeno no es exclusivo. Argentina vivió su propia versión; Brasil enfrentó el escándalo de Lava Jato, que tocó al Partido de los Trabajadores; Nicaragua y Cuba consolidaron regímenes donde la política se volvió hereditaria. En todos los casos, la élite política y una élite económica parasitaria se fusionaron, capturando al Estado y anulando los contrapesos democráticos.
México y Colombia: la ilusión del cambio
México y Colombia representan hoy el terreno más delicado. No son dictaduras, pero tampoco democracias plenas. Son países en transición, atrapados entre la promesa del cambio y la tentación del poder sin límites.
En México, el discurso contra la élite convive con megaproyectos opacos, militarización y una relación cada vez más tensa con los organismos autónomos y la prensa crítica. En Colombia, la polarización funciona como cortina de humo mientras se negocian pactos que poco alteran la estructura real de desigualdad. El cambio se anuncia; el sistema permanece.
Chile, Argentina y Brasil: el péndulo y el hartazgo
Frente al desgaste de la izquierda gobernante, varios países comenzaron a girar. Argentina optó por una ruptura radical; Brasil intenta reconstruir desde el centro; Chile, considerado durante años el laboratorio institucional más estable de la región, acaba de enviar la señal más inquietante.
Chile y la advertencia desde la derecha populista
La amenaza emergente ya no proviene solo de la izquierda simulada, sino de una derecha populista con tintes autoritarios. Estos nuevos liderazgos, aunque electos legítimamente, comparten rasgos preocupantes: desprecio por el contrapoder judicial, ataques a la prensa y una narrativa de orden que sacrifica libertades.
El caso de Chile es el ejemplo más reciente y elocuente. Tras el fracaso del proceso constituyente impulsado por la izquierda y el desgaste del gobierno progresista frente al aumento de la inseguridad y la migración irregular, el país giró de forma drástica. La contundente victoria de José Antonio Kast, del Partido Republicano —un ultraconservador convertido en el presidente más votado de la historia chilena— no es solo un péndulo político: es el reflejo de una sociedad que, desesperada por orden y mano dura, entregó las riendas a una fuerza alineada con el pinochetismo y dispuesta a revertir reformas sociales.
La lección es clara: la frustración con la izquierda, combinada con la crisis de seguridad, es el caldo de cultivo perfecto para la ultraderecha.
El costo de la simulación
El daño más profundo no es económico, sino democrático. La simulación vacía de contenido a la izquierda auténtica, erosiona la confianza ciudadana y empuja a las sociedades hacia soluciones extremas. América Latina oscila hoy entre populismos autoritarios que se disputan el poder, mientras la ciudadanía queda atrapada entre promesas vacías y realidades cada vez más duras.
La pregunta ya no es si la izquierda falló en muchos países, sino si será capaz de recuperar la ética, aceptar límites y volver a representar algo más que una élite con discurso popular. De no hacerlo, el vacío seguirá siendo ocupado —como en Chile— por fuerzas que prometen orden a cualquier costo.
Y la historia regional ya nos ha enseñado que esos costos, tarde o temprano, siempre los paga el pueblo.
