La Doble Vara del Nepotismo: ¿Purismo o Vendetta?
“Cuando el burro habla de orejas”
Por: Rafael Escobar
Apuntes de un Testigo
La política mexicana tiene dos cualidades inagotables: una memoria selectiva y una ironía estructural. En la autollamada Cuarta Transformación, donde la pureza moral se presume como dogma fundacional, hoy asistimos a un espectáculo revelador: los guardianes del movimiento han comenzado a señalarse entre sí… con el mismo dedo que durante años usaron para acusar a otros.
El reciente reclamo del senador Félix Salgado Macedonio contra la dirigencia de María Luisa Alcalde, bajo la acusación de nepotismo, no es un debate ético: es una escena de teatro político donde el problema no es el pecado, sino quién lo comete. En el papel, el señalamiento parece impecable —“no nepotismo, no influyentismo”—, pero en la práctica se diluye ante una pregunta incómoda: ¿desde dónde se acusa?
Porque si algo ha quedado claro, es que Morena ya no es un movimiento, sino un mosaico de clanes. Por un lado, el clan territorial, que construyó poder a ras de suelo, con movilización y control político regional. Por otro, el clan institucional, que domina la burocracia, los órganos de decisión y la narrativa del proyecto. Y cuando ambos chocan, la ética deja de ser principio… para convertirse en arma.
El caso Guerrero es el elefante en la sala. La sucesión que llevó a Evelyn Salgado a la gubernatura no fue precisamente un experimento de meritocracia republicana. Pero tampoco lo es la consolidación de una élite política-administrativa que concentra posiciones clave dentro del partido y el gobierno bajo una misma red familiar. La diferencia no es de fondo, sino de forma… y de momento político.
Aquí es donde el análisis jurídico-político se vuelve incómodo: el nepotismo, entendido como la designación o promoción de familiares en el poder, pierde su fuerza normativa cuando se vuelve práctica generalizada. Deja de ser una falta para convertirse en un instrumento de facción. Ya no sanciona conductas; selecciona enemigos.
Morena parece haber entrado en una fase de canibalismo preventivo: sin un liderazgo central que ordene, las distintas tribus comienzan a depurarse entre sí, utilizando principios como excusa y el poder como verdadero objetivo. La moral pública se invoca, pero lo que se disputa es el control del aparato.
¿Es válido el reclamo? Sin duda. ¿Es creíble? Difícilmente. Porque cuando todos tienen un familiar en la nómina o en la boleta, la indignación selectiva no es ética… es estrategia.
Al final, la lección es brutalmente simple: en la política mexicana contemporánea, el nepotismo no es un pecado capital. Es un pecado relativo. Imperdonable cuando lo comete el adversario… y perfectamente justificable cuando se trata de los propios.
Porque, como dicta la sabiduría popular que hoy cobra vigencia institucional: cuando el burro habla de orejas, no describe… se delata.

