La Reforma de la Simulación: Migajas de Cambio y Mucha Venganza

Apuntes de un Testigo…

Por: Rafael Escobar

La política mexicana acaba de presenciar un espectáculo de pirotecnia mojada. Tras meses de retórica incendiaria contra el “sistema corrupto” y promesas de una refundación democrática, lo que el Senado parió —entre prisas, tensiones internas y concesiones vergonzosas— es una reforma electoral “light”, descafeinada y, sobre todo, profundamente cobarde.

El llamado “Plan B” de la administración Sheinbaum llegó al pleno herido de origen y salió convertido en un simple ajuste de nómina. ¿Dónde quedó la desaparición de los legisladores plurinominales? ¿Dónde la extinción de los costosos institutos electorales locales? Todo se sacrificó en el altar de la negociación pragmática. El oficialismo, que presume mayorías inamovibles, terminó doblando las manos ante el chantaje de sus propios aliados —PT y Verde—, más interesados en preservar cuotas de poder que en acompañar cualquier intento real de transformación.

El golpe de gracia a la narrativa reformista fue la exclusión de la Revocación de Mandato. Al retirarla, el proyecto perdió su componente político más potente rumbo a 2027. Lo que quedó es un esqueleto administrativo: una fijación casi obsesiva con los salarios de los consejeros y un recorte operativo al INE que, lejos de modernizar el sistema electoral, amenaza con debilitar su capacidad logística.

Llamarle “reforma” a lo aprobado es, en el mejor de los casos, un exceso de optimismo. En realidad, estamos frente a una venganza presupuestal. Al no poder modificar de fondo las reglas del juego ni someter al árbitro por la vía constitucional, se optó por una ruta más rudimentaria: quitarle recursos, limitar su operación y tensar su funcionamiento. Es la democratización de la precariedad: se exigen elecciones impecables, pero con presupuesto de kermés parroquial.

La percepción de una reforma “deslactosada” no es gratuita. Es el resultado de una narrativa que prometió un banquete de transformación y terminó sirviendo una dieta de austeridad selectiva. La oposición, aunque hoy respira aliviada, no debe confundirse: esto no es una victoria estratégica, sino el reflejo del canibalismo interno dentro del bloque oficialista.

Al final, el sistema electoral de 2026 sobrevive no por su fortaleza institucional, sino por la incapacidad de quienes intentaron reformarlo. Ayer no ganó la democracia ni la transformación; ganó el inmovilismo disfrazado de ahorro. Hubo ruido, hubo discurso, hubo confrontación… pero las reglas siguen prácticamente intactas.

Y eso deja una lección incómoda para todos: en política, prometer es fácil; transformar, en serio, sigue siendo lo más difícil.