Apuntes de un Testigo
Transporte en terapia intensiva: cuando el pasaje barato sale carísimo
Por: Rafael Escobar
El conflicto reciente en la zona conurbada Veracruz–Boca del Río–Medellín no es un hecho aislado ni un simple “pleito por el aumento del camión”. Es, en realidad, el síntoma más visible de un sistema de transporte público que lleva años en terapia intensiva.
Lo que hoy estalló en protestas, bloqueos y enojo social es el resultado de un círculo vicioso perfectamente diseñado para fracasar: tarifas congeladas que impiden invertir, falta de inversión que degrada el servicio, y un servicio degradado que justifica el rechazo ciudadano a cualquier ajuste de tarifa.
Un sistema atrapado en su propia trampa.
Los concesionarios operan bajo una presión económica brutal. Hace catorce años, el litro de diésel rondaba los 10 pesos. Hoy supera los 24. El combustible representa entre el 40 y 50 por ciento del costo operativo de cada unidad. A esto se suma el alza en refacciones, llantas, aceites y mantenimiento.
Pero mientras los costos se disparan, la tarifa sigue clavada en el pasado.
El resultado es predecible: no hay margen para renovar unidades. Cuando un autobús moderno cuesta hoy entre 2.5 y 4 millones de pesos, el transportista no invierte: remienda. Y remendar sale caro.
De las cerca de 2,500 unidades que circulan en la zona conurbada, apenas unas 200 son modernas. El 92% opera con tecnología obsoleta, consume más diésel, contamina más y se descompone más. Es un sistema viejo que cuesta como nuevo.
Del lado del usuario, la ecuación tampoco es sencilla. Subir de 9 a 12 pesos parece poco, pero es un aumento del 33%. Para una familia que toma cuatro camiones diarios, el gasto mensual pasaría de poco más de mil pesos a cerca de mil cuatrocientos. En una economía de salarios apretados, ese golpe sí duele.
Por eso la molestia social es legítima.
El problema es que hoy la gente paga poco por un servicio malo, pero termina pagando mucho en tiempo perdido, incomodidad, inseguridad y unidades en mal estado. Lo barato, al final, sale carísimo.
Pensar que el problema se soluciona solo aumentando el pasaje es un error técnico y social. El verdadero fondo del asunto es que Veracruz sigue operando con el modelo arcaico del “hombre-camión”: cada concesionario por su cuenta, sin planeación, sin control financiero, sin posibilidad real de inversión estructural.
Mientras no cambie el modelo de negocio, cualquier aumento será apenas un parche más.
No existe una solución mágica, pero sí una transformación posible. Un sistema de recaudo centralizado con tarjeta de prepago permitiría eliminar la carrera por el pasaje y generar un flujo transparente que haga viable la renovación de flotas. Subsidios inteligentes al diésel, condicionados a modernización de unidades, junto con una tarifa social protegida para sectores vulnerables, ayudarían a equilibrar el impacto económico.
El rediseño de rutas y carriles preferentes reduciría tráfico, costos y desgaste mecánico. Y un programa serio de chatarrización con incentivos permitiría retirar miles de unidades obsoletas y sustituirlas por camiones modernos y eficientes.
Si Veracruz mantiene el esquema actual, seguirá teniendo un transporte de tercera con costos de primera generados por su propia ineficiencia.
La solución no es pelear por centavos de pasaje. La solución es transformar el sistema completo: pasar de un conjunto de camiones dispersos a verdaderas empresas de transporte modernas, auditables y sostenibles.
Porque un transporte digno no se logra con bloqueos ni con decretos improvisados. Se logra con planeación, inversión y visión de largo plazo.
Hoy el problema estalló. La pregunta es si tendremos la voluntad de curarlo o solo seguiremos poniéndole curitas a una herida que no deja de sangrar.
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