El fin de una era: el día que la sombra se disipó en Venezuela

Por: Rafael Escobar

Apuntes de un Testigo

La madrugada de este sábado, el cielo de Caracas no se iluminó con fuegos artificiales de año nuevo, sino con el resplandor —aún envuelto en versiones oficiales y confirmaciones en curso— de una operación que, de acreditarse plenamente, marcaría un punto de quiebre en la historia del hemisferio occidental.

De acuerdo con reportes provenientes de fuentes estadounidenses y regionales, fuerzas de Estados Unidos habrían detenido y extraído de territorio venezolano a Nicolás Maduro. Más allá de la verificación final de los hechos —imprescindible en horas como estas—, el solo anuncio sacudió los cimientos de un régimen que durante más de dos décadas convirtió la promesa de redención social en un sistema de control, miedo y aislamiento.

No se trata únicamente de un evento geopolítico de alto voltaje. Es, potencialmente, el colapso simbólico de un modelo que intercambió la prosperidad de una nación por la concentración absoluta del poder.

La semilla y la sombra: Chávez y Maduro

Para comprender el alivio, la cautela y la incertidumbre que hoy atraviesan a millones de venezolanos, es necesario mirar hacia atrás. El régimen que hoy parece resquebrajarse tuvo dos rostros bien definidos:

Hugo Chávez (1999–2013): el arquitecto.
Dotado de un carisma indiscutible y sostenido por una renta petrolera extraordinaria, Chávez desmontó progresivamente los contrapesos institucionales bajo el discurso de la justicia social. En nombre del “pueblo”, subordinó a los poderes del Estado, militarizó la política y sembró una polarización que aún fractura a Venezuela. Su legado no fue la igualdad prometida, sino la dependencia absoluta del Estado y la erosión de la democracia.

Nicolás Maduro (2013–2026): el ejecutor.
Sin el liderazgo ni la legitimidad de su antecesor, Maduro optó por la radicalización del control. Su periodo quedará marcado por la hiperinflación, el colapso de los servicios públicos, el éxodo de millones de venezolanos y una represión sistemática que organismos internacionales han documentado como posibles crímenes de lesa humanidad. El poder dejó de ser político para convertirse, abiertamente, en coercitivo.

Una intervención bajo la lógica del siglo XXI

La operación atribuida a la administración estadounidense —fundada en cargos de narcoterrorismo y crimen transnacional— habría sido ejecutada con una precisión quirúrgica que, según los reportes, dejó sin margen de reacción al aparato de seguridad chavista.

El debate jurídico internacional es inevitable: soberanía, legalidad, precedentes. Pero hay una realidad que atraviesa cualquier discusión teórica: durante años, el régimen venezolano utilizó la soberanía como escudo para el saqueo, la impunidad y la alianza con redes criminales transnacionales.

Si la captura de Maduro se confirma en los términos difundidos, no estamos ante la caída de un presidente, sino ante el desmantelamiento inicial de una estructura que confundió al Estado con una organización criminal.

El final no es el desenlace

Conviene decirlo con claridad: esto no es el final de la historia venezolana, apenas el cierre —posible— de uno de sus capítulos más oscuros. La verdadera prueba comienza ahora.

Reconstruir una nación con instituciones devastadas, tejido social roto y millones de ciudadanos en el exilio exigirá algo más que euforia. Exigirá justicia sin revancha, memoria sin odio y una comunidad internacional dispuesta a acompañar, no a tutelar.

Hoy, Venezuela respira un aire distinto. Un aire cargado de preguntas, temores y desafíos. Pero también —por primera vez en décadas— un aire que ya no proviene de la asfixia permanente del Palacio de Miraflores.

Si la sombra comienza a disiparse, que no sea para imponer otra, sino para permitir que la luz, por fin, sea propia.